Los lunes al sol

Posted on 23 febrero 2009

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Hacía meses que no cogía un tren de cercanías. Me dirigía hacia la madrileña estación de Atocha a media mañana, cuando ya todo el guirigay de gente que va al trabajo siempre con prisas -¡como si nos gustara!- había pasado. La mañana se presentaba de lo más apacible: febrero, sol radiante, temperatura ideal para disfrutar de un buen paseo con un viejo amigo… El tren aminora la marcha; se acerca a la estación de Entrevías y finalmente se detiene. Se abren las puertas con un ruido poco amortiguado, es decir, con un estruendo horrible, que además es mayor cuanta menos gente viaja en el vagón. Estoy sentado de espaldas al sentido de la marcha, pegado a la ventanilla, en un espacio de cuatro asientos. Frente a mí, una señora intrascendente -posiblemente como yo para ella-. A nuestro lado, junto al pasillo, asientos vacíos, como en casi todo el tren. Se cierran las puertas con no menos estruendo. Detras de mí, a lo lejos, al otro lado del coche, oigo voces un poco altas, aunque no consigo enterarme de la conversación. De repente, comienza un sonido de guitarras y un machacón ritmillo sintético que debe de provenir de un altavoz conectado a algún tipo de reproductor musical. “¡Para bailar la bambaaa…!”. Un clásico de toda la vida. Mi vista no se aparta de lo que hay al otro lado del cristal mientras el tren reanuda, despacio pero firme, su marcha hacia Atocha. Veo asfalto, fábricas y algunas casas bajas. Es el paisaje del sureste industrial de la capital. No presto mucha atención a los tipos que tocan, pero suenan bien y amenizan el trayecto. A los 30 segundos, se abre con cautela una de las puertas que comunica el vagón en el que me encuentro con el inmediatamente anterior y desvío la mirada. La puerta queda a mi vista, y veo como entra un joven de buen aspecto, gafas y una sonrisa tímida. Se acerca a los primeros viajeros que encuentra y les va entregando algo como si no quisiera molestar. Cuando llega al espacio que ocupamos la señora intrascendente y yo, deja sendos peluches pegados a un llavero y un minúsculo calendario de papel. Me fijo y es un calendario y a la vez un alfabeto para sordomudos. El joven va a recorrer todo el vagón. Otros 30 segundos después, vuelve a abrirse la puerta, esta vez enérgicamente. De hecho, pega un golpe en el tope que hay clavado en el suelo y retumba un sonido entre metálico y plástico. Otro joven, pero muy distinto: desaliñado, barba de más de una semana, pelo negro dudosamente limpio, ojeras y ni un ápice de sonrisa, como si jamás hubiera sonreído en los treintaytantos -seguro que tiene muchos menos- que aparenta. Se dirige con cierto desatino y peor voz al primero de los viajeros que encuentra. Entre La Bamba, que sigue sonando con intensidad al fondo, el ruido que proviene del exterior -el último joven se ha olvidado de cerrar la puerta- y su más que evidente cuelgue me resulta imposible entender lo que dice: “señora… por favor… trabajo… algo de comida… una moneda…” me llega todo como en un telegrama, pero no hay que ser premio Nobel de nada para darse cuenta de la situación. Extrañamente, o aleatoriamente, no para en el espacio que ocupamos doña Intrascendente y yo, de manera que también soy don Intrascendente, no ya sólo para doña Intrascendente sino también para el último joven. Se tambalea entre mareado e inseguro en busca de otros viajeros, también al fondo del vagón. La música sigue, el ruido de afuera se ha incorporado, sin noticias del primer joven, y el segundo de ellos inicia un discurso inconexo, inaudible, ronco, en medio del vagón, del que vuelvo a rescatar las mismas palabras de antes; ah, también creo entender que tiene una hija pequeña. “¡…por ti seré, por ti seré…!”. En ese momento aparece uno de los músicos con una pequeña gorra tintineante, una blanquísima sonrisa y un dulce acento que pide una pequeña colaboración. Suena La Bamba, ruido de afuera, regresa el primer joven, el segundo sigue con su retahíla incomprensible mientras también se acerca hacia donde estoy… ¡baaaamba, baaaamba!… qué ruido de afuera, qué mirada tan triste, qué voz tan ronca, cómo suena el monedero. Rocambolescamente todos acaban en torno al espacio en el que estoy sentado, todos mirándome, uno sonriendo, otro vergonzoso, otro perdido, ¡baaaamba, baaaamba!, estruendo del traqueteo del tren… Acabo echando mano de la cartera, doy dinero a la voz ronca, doy dinero al músico sonriente, me quedo con el peluche y el calendario del joven tímido a cambio de dinero… El tren se acaba de parar en la siguiente estación. Se abren las puertas. La música se apaga brúscamente y se marchan los músicos, el joven sordomudo sale del vagón, la voz ronca vuelve por la puerta por la que entró y esta vez sí se acuerda de cerrar la puerta. Se cierran las puertas después del pitido de rigor.

El tren recupera la marcha. Todo se ha quedado en silencio. Sólo se escucha un finísimo hilo de música clásica que hace las veces de banda sonora del tren. Doña Intrascendente, que nunca apartó la mirada del cristal con su rostro indiferente descansando sobre su brazo apoyado en el borde de la ventana, gira sus ojos tan despacio que no parecen reales, a la vez que baja su brazo y lo deja en su regazo, junto al otro. Me mira sin pestañear y me dice: “¿Quién te crees que eres, Robin Hood?”

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Posted in: Vida