Cuando éramos niños

Posted on 25 abril 2009

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De vez en cuando, mayoritariamente en días pesados y grises, pierdo el tiempo en Internet, simplemente navegando sin mayor objetivo que el entretenimiento. Conozco gente que hace de esta tarea no una pérdida de tiempo, sino una ocupación diaria sin mayores remordimientos, así que, por un rato que yo lo haga creo que tampoco pasa nada. El caso es que me pierdo en las benditas tonterías de Google y otras veces, en un ejercicio menos pasivo y algo más intelectual, me repaso las últimas viñetas de mi admirado Forges. No se puede ser más incisivo, cachondo y burlón para analizar con toda la seriedad del mundo el follón económico en el que andamos inmersos, los trinques de la clase política y la vida de pareja.

A este último aspecto y a la educación de los hijos se refiere esta viñeta, del 23 de marzo, que es un nuevo dardo en la diana de lo que pasa con los niños ahora. Son posiblemente la generación que mayores comodidades ha tenido y la que menos tiempo ha pasado en la calle. Y, ya sea por falta de contacto con unos padres obligados -ambos- a trabajar para pagar hipotecas y gastos, sea por su rápido espabile, el caso es que también es la generación más desvergonzada y menos respetuosa.

En mis años de colegio e instituto (y creo que tampoco hace tantos) el profesor era un figura de autoridad, el “líder de la manada”. Cuando el profesor llamaba a casa y los padres se presentaban en el colegio, escuchaban, dialogaban con el responsable y apoyaban su labor. Cuando regresaban a casa, ya podías esconderte debajo de la cama que ni Pikolín te salvaba de la bronca. Hoy, no sólo son los niños y adolescentes los que se enfrentan abiertamente a los docentes y, en los casos más graves, les agreden, sino que los propios padres tampoco valoran la figura del profesor como lo que es, un guía fundamental en la educación de los hijos.

¿Por qué? Quizá sea falta de disciplina, quizá sea una libertad mal entendida. El Defensor del Profesor atendió a más de 3.400 docentes en el periodo comprendido entre octubre de 2007 y octubre de 2008, la mayoría de casos relacionados con problemas para dar clase y una buena parte referidos a agresiones o amenazas recibidas por parte de alumnos o padres de estos.

La infancia tiene mayor protección que nunca. Uno puede tranquilamente denunciar a un padre que está regañando a su hijo dándole un azote por supuesto maltrato. Y quizá ese es el problema de la libertad. Es un don tan preciado, que también hay que saber utilizarlo, y no puede haber libertad correctamente entendida sin responsabilidad. Los niños y los adolescentes conocen perfectamente sus derechos y hacen y deshacen con plena libertad. Lo que quizá no conocen bien es el respeto hacia el educador, hacia los padres y en general hacia la sociedad. Puede que no hayamos sabido explicarles que uno no puede hacer lo que le dé la gana y como le dé la gana, porque mis derechos y mi libertad acaban cuando empiezan los del prójimo.

Además, vivimos un tiempo difícil y confuso en el que no acabamos de definir cuándo un niño deja de serlo. Los sucesivos cambios en la legislación se han esforzado en evitar que crímenes como el reciente caso de Marta del Castillo queden sin castigo y en asegurar que los adolescentes sean juzgados por sus actos como adultos. Pero todo ello en medio del caos. Una adolescente puede trabajar y tiene derecho a abortar con 16 años, pero no puede votar hasta los 18. Y así con multitud de supuestos cotidianos.

Al final, educamos todos: padres, docentes, amigos, vecinos, medios de comunicación, el señor que cede su asiento a una embarazada en el autobús… pero hasta que no definamos dónde está el punto de equilibrio entre libertad y responsabilidad el niño seguirá jugando con el martillito de los huevos sin que nadie le diga nada y con los padres temerosos -o indiferentes, que casi es peor- de regañarle.

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