¿Tiene salvación la prensa de papel?

Posted on 5 mayo 2009

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No me apetece mucho entrar en un agrio y viejo (por pesado, no por alargado en el tiempo) debate entre papel e Internet. Ni los periodistas que escribían con Olivetti y papel carbón descubrían todos los días Watergates ni los que se manejan hoy en día con CMS, XML, CSS y RSS son unos simples frikis cortapega. En el término medio está la virtud, pero absolutistas los hay en todo.

Tampoco se trata ahora de venir con el “ya os lo dijimos”, pero lo cierto es que la crisis publicitaria y de contenidos que está sufriendo la prensa escrita es brutal, quizá la mayor que ha sufrido en su historia: recortes de plantillas, ingresos bajo mínimos, cierres de diarios… Algunos -no vamos a decir los más listos- se han quedado sólo con su versión online, de modo que han decidido ahorrar costes por la vía tecnológica. Una cosa sí que debe quedar clara: dicho ahorro viene dado porque no hay gastos de impresión y distribución, pero jamás debe (o debería) ser entendido como una merma en la calidad de los contenidos. Los periodistas de Internet son también profesionales con virtudes y defectos y todos saben lo que es noticia y cómo contar buenas historias.

El lector ha cambiado. Es, más que perezoso, práctico, y no va al quiosco a comprar el diario porque ya ha visto, oído o leído lo que le van a contar en esa sábana de papel que además le va a dejar las manos sucias. No me estoy cargando de un plumazo tres siglos de historia, porque hablamos de lo mismo, de contar lo que pasa, pero es evidente que el canal está cambiando. Que no se echen las manos a la cabeza los editores, era algo que tenía que llegar: o desde los periódicos se cuentan historias de verdad originales, de peso y auténtico interés, o para leer la crónica del 2-6 ya hay cientos, miles de ellas en Internet. La nostalgia es algo muy humano y de lo que es difícil desprenderse. Pero, o las empresas de contenidos se dan cuenta definitivamente de que deben reinventar su modo de dirigirse al público, o esto seguirá siendo una sangría de dinero y puestos de trabajo.

En la industria del libro pasa algo distinto: es un objeto manejable, que dura tanto como el lector quiera y que se adquiere por voluntad propia con el conocimiento de que algo distinto va a contar, ya sea ficción o realidad. Y hasta el libro, que económicamente tampoco pasa por un pésimo momento, está siendo capaz de avanzar mucho más rápido y ágil que la prensa: los lectores de libros digitales están asomando ya como una herramienta multitarea que permite al usuario llevar en su dispositivo el ejemplar que quiera. Amazon, la mayor tienda de cultura en Internet, prepara el lanzamiento de la nueva versión de su Kindle, según informa The New York Times; podría ser más grade y tendría una forma más marcadamente rectangular, similar a un periódico, de manera que el lector podría descargar en él diarios y revistas en pdf o versiones de texto de estos. ¿Estamos ante la salvación de la prensa diaria? Por un lado, permitiría la inserción de publicidad tal cual se hace en periódicos y revistas; sin embargo, el invento vuelve a toparse con otro de los mitos que no se han hundido definitivamente: el pago por acceder a los contenidos. ¿Quién está dispuesto a pagar por contenidos? Volvemos al punto inicial: si merecen la pena y los precios son asequibles, absolutamente sí. Si un libro cuesta unos 28 dólares y la versión digital 12, el usuario dirá “adelante”. El problema es que la SGAE de turno venga con las rebajas.

Para que veamos cómo la industria del libro sí que está buscando, investigando, trasteando maneras de mantenerse, sigamos con otro ejemplo que, además, sería perfectamente compatible: la Espresso Book Machine es una máquina que imprime libros al momento de unas 100 páginas de entre más de medio millón de títulos. Se presentó la semana pasada en Londres y los editores ya la consideran la mayor revolución de la industria editorial desde la imprenta. Uno mete unas monedas en la máquina y elige su ejemplar, que a los pocos minutos aparece perfectamente impreso en un formato de bolsillo sencillo pero robusto. Otro ejemplo de que la culpa no es siempre atribuible al vago y caradura usuario; al contrario: el usuario está dispuesto a pagar por contenidos auténticos y de calidad. Lo que no quiere es que le tomen el pelo los vagos y caraduras -estos sí- que durante años han vivido de las rentas y de una comodidad establecida. El contenido es el rey (la frase está muy de moda) y el usuario el órgano ejecutivo.

Nadie se escandalizó cuando el MP3 sustituyó al CD ni cuando éste lo hizo con el cassette y el vinilo. Forman parte de nuestra historia y nuestra cultura pero lo que manda es el hoy. Si no fuese así, seguiríamos mandándonos telegramas por Morse y nos habríamos ahorrado una pasta enviando satélites al espacio.

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