¿Merezco lo que me pagan?

Posted on 27 mayo 2009

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Muchas veces me he preguntado cuál es exactamente el valor de lo que produzco. Es más, si lo que hago produce algún valor a la sociedad y la economía. El ingeniero idea puentes, el arquitecto edificios, el economista analiza y busca las mejores opciones de ahorro e inversión para su empresa, el panadero “fabrica” alimentos… pero ¿y el periodista?

He llegado hoy a un fantástico artículo escrito por el profesor sueco Robert G. Picard titulado ‘Por qué los periodistas merecen sueldos bajos’. El texto provocaría sarpullidos en más de un vanidoso al que “le gusta pensar sobre su trabajo en términos morales e incluso sagrados”, pero lo cierto es que da absolutamente en el clavo. ¿Dónde está el valor de lo que creamos los periodistas? Picard apunta que evidentemente “hay beneficios funcionales, emotivos y de expresión para el consumidor: la distribución de información e ideas útiles, el sentimiento de pertenencia a una comunidad y la identificación de los individuos con la perspectiva o las opiniones de la publicación”. Sin duda, esto parece claro; son valores intangibles, y por tanto difícilmente cuantificables, pero absolutamente necesarios en cualquier sociedad, de hace 150 años o de ahora.

Pero, continúa Picard, ese valor, antes preclaro, no lo es tanto en nuestros días, porque la producción y distribución de información ya no es patrimonio exclusivo de los medios de comunicación. Un ingeniero puede ofrecer sus conocimientos específicos sobre una materia a su empresa, como un científico o un electricista. El periodista es maestro de poco y aprendiz de mucho, de ahí que, o nos ponemos las pilas, o a otra cosa. Asegura muy acertadamente el profesor que el poder del periodista se ha fundamentado a lo largo de los años “no en el conocimiento, sino en la distribución del conocimiento de otros”. Y precisamente debemos cuidar las tres columnas que nos han convertido -al menos hasta ahora- en útiles para la sociedad: el acceso a las fuentes, la selección de la información y la búsqueda de su exposición de la manera más efectiva posible.

De ahí viene el fracaso de la profesión en los últimos años: las facultades han creado mano de obra masiva sin especialización, mano de obra estándar que no ha aportado valor añadido a lo que existía. Se le ha inculcado al recién licenciado que pertenecía al “cuarto poder”, que tenía influencia sobre la masa y que sus juicios de la realidad eran únicos. Y no es verdad: la democratización, en su sentido menos político, de la información nos ha traído redes sociales, formas de comunicación inmediata entre iguales y el fin de las “grandes voces”.

“Adaptarse o morir”, receta el profesor Picard. La especialización es la clave. Si un diario cambia su línea de negocio, y deja de contar las mismas cosas que los demás (en su mayoría resúmenes retocados aquí y allá de lo que pasó ayer y eficientemente escorados hacia la línea editorial del medio en cuestión), y se dedica, por ejemplo, a informar sobre fuentes de energía alternativas en auge en una región en concreto, al menos lo habrá intentado. Tendrá éxito o fracasará, pero habrá intentado ofrecer un valor nuevo, un valor añadido. Y además, esos textos serían únicos, especializados y se podrían vender a otros medios, que a su vez podrían vender otros contenidos especializados en otra materia. Globalización localizada. Es lo que propone Picard y la senda por la que algunos medios estadounidenses han comenzado a caminar. A mí, particularmente, me parece revolucionario, aunque es algo tan sencillo como volver a los orígenes: contar historias únicas de auténtico interés.

Es el momento de que los vanidosos se retiren del juego y dejen paso a los verdaderos trabajadores de la palabra: la información ya no es coto privado; el periodismo ha muerto; ¡viva la comunicación!

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