Generación ni-ni

Posted on 24 junio 2009

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El pasado lunes el diario El País publicó un interesante reportaje titulado ‘Generación ni-ni’, que ha tenido bastante repercusión en foros y sitios de recomendación social. La generación que ni estudia ni trabaja. Son los españoles entre 18 y 34 años que dicen no tener ningún proyecto ilusionante, según un estudio realizado por Metroscopia.

Habitualmente han acusado a esta generación (mi generación) de falta de interés por las cosas, de falta de capacidad de sacrificio… de falta de sangre, en definitiva, como se suele decir popularmente. Como siempre, hay muchos puntos de vista, pero me parece injusto. Posiblemente somos la generación que mejor infancia ha tenido. Nuestros padres nos han dado todo lo que ellos no tuvieron, nuestras madres en muchos casos no tuvieron que trabajar porque con un sueldo valía y no hemos tenido preocupaciones económicas. Pero, ¡oh, edad adulta! Un mercado laboral absolutamente colapsado, unos precios por las nubes y un futuro económico que casi dependerá más de las herencias de nuestros padres que de nuestra propia cosecha.

Mis padres compraron su casa hace ahora cerca de 40 años por 300.000 pesetas. No sé calcular a cuántos euros equivaldría esa cantidad, pero sí sé que ellos pagaron su hipoteca en diez años y con un solo sueldo pudieron vivir felices y desahogados con dos hijos. Algo así es impensable en estos momentos; por mucho que bajen tipos de interés y euribores, las hipotecas multidécada siguen llevándose un solo jornal de una pareja.

Estudia, estudia para ser algo en la vida. Estamos en las mismas. El argumento valía para hace algunos decenios, no para ahora. Las (bienvenidas, eso sí) facilidades para acceder a la Universidad han precipitado la creación de una suerte de ejército de universitarios, bien preparados (tampoco excesivamente brillantes por lo general, no nos engañemos), pero todos cortados por un mismo patrón. Alguna vez lo he comentado con amigos: la Universidad se fundamentó en su origen en la formación, no sólo académica, sino humanista del alumno. Es perfectamente legítimo -e inherente a su naturaleza- que eso se mantenga como es. Pero tampoco deben olvidar las mentes administrativas que hoy también forma a futuros trabajadores para su llegada al mercado laboral. Cuando una facultad oferta cientos de plazas para una carrera que tiene difíciles salidas laborales, lo que la Universidad está creando es un ejército de personas a las que ha dado formación académica y humanista, pero también un ejército de parados. Y eso, en el siglo XXI, con 6.000 millones de habitantes en el planeta y una crisis cuyos fin y consecuencias nadie conocen bien y que puede estar cambiando las estructuras sociales y económicas que conocemos, es un problema.

Mi padre decía: “Yo llegaba a un trabajo y si no lo veía claro, me marchaba a los dos días, que en la calle de al lado había más sitios para trabajar”. Otro panorama que es imposible encontrar ahora. Esta generación está preparada y es capaz de hacer grandes cosas, tiene el potencial, pero no tiene las armas, que están en manos de bancos y empresas cuyo único fin es obtener el mayor beneficio con el mínimo gasto.

Quizá se pusieron demasiadas esperanzas en esta generación, quizá ha sido víctima de una década pasada de excesos, quizá es la propia generación la culpable, y no ha sabido estar a la altura de las circunstancias. Pueden ser muchas las explicaciones, pero la realidad es que vivimos -todos- en una apatía generalizada, una especie de resignación ante el paro, ante una hipoteca que te encadena de por vida y ante un futuro incierto.

Como recoge el reportaje, la pregunta “¿y tú qué quieres ser de mayor?” ha perdido su sentido.

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Posted in: Educación, sociedad, Vida