Nos creemos lo que no somos

Posted on 5 octubre 2009

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En Este país llamado España, hubo un momento en el que creímos ser una potencia económica. A nuestras costas venían más turistas que habitantes tenía el país. Páramos sin ningún valor ecológico junto a las ciudades se convertían en moles de hormigón, hierro y ladrillo. Y todo iba como la seda. Coches y casas, castillos y caballos, como en el medievo. Pero un buen día se acabaron los ladrillos y las paellas ya no supieron igual. Y repentinamente volvimos a ser un país de segunda, que suplica a las grandes empresas europeas que no cierren fábricas nacionales y que tiene a cerca de 4 millones de personas en casa.

Es evidente: no somos lo que creíamos ser. Si la crisis ha azotado con fuerzas a las grandes economías mundiales, era previsible que arrasara España, que es excesivamente dependiente desde el punto de vista industrial y energético del resto del mundo. No nos engañemos. No tenemos grandes industrias, no tenemos grandes empresas, y las que tenemos -véase Inditex o El Corte Inglés- se mueven en un mercado más o menos estable como el del comercio. Fabricamos coches, pero no son nuestros. Sí, grandes fábricas  en Vigo, Martorell, Zaragoza y Valencia, pero las perras van para Francia, Alemania y Gran Bretaña. Hemos sido eficiente mano de obra durante años, pero se venden menos coches y hay mano de obra más barata en Polonia, por ejemplo. Le hemos servido paella a media Europa, pero ya la han probado y no van a repetir.

El panorama no es sencillo. El chaval que dejó de estudiar con 16 años porque en el andamio ganaba sueldos que ni ahora un arquitecto, se acaba de dar de vruces con la realidad. Con “v”, porque no tiene formación y sólo sabe poner ladrillos. Y reciclarse y formarse le va a costar más que levantar él solo cualquiera de los edificios en los que trabajó. El universitario que sigue confiando en que una buena formación le abrirá puertas a priori cerradas para la mayoría, se incorporará irremediablemente -salvo enchufe mediante- a la mayor bolsa de parados de Europa. ¿Y qué hacemos? No hemos sabido explotar la creación de tecnología para aprovechar nuevas fuentes de energía, hemos creído estar jugando al póker en Las Vegas con papá y en Azca sólo se juega al chinchón y con baraja española. Y los únicos nuevos ricos que ahora se codean con los aristócratas -véase Botín y González- prefieren sacar a pasear el dinero de quienes les han confiando sus ahorros por las Europas y las Américas, que luce más.

En el fondo, todo esto sirve para demostrar que nos creemos lo que no somos. Cuando uno sale de las grandes ciudades españolas (disculpen las molestias quienes se sientan discriminados, pero sólo hay dos) encuentra kilómetros y kilómetros de campo, seco, inhabitable, salpicado de pueblecitos donde abuelas siguen usando picón para el brasero y ladrillos para calentar la cama en los duros inviernos. No nos engañemos. Han sido 30 años (ya camino de 40) de vertiginoso crecimiento, expansión, libertad, explosión, en definitiva, de todo lo que podíamos ser capaces. Y no ha sido poca cosa. Pero de momento este es el límite. Si conseguimos de verdad bajar de las nubes y empezamos por reconocer lo que realmente somos, nuestras capacidades y limitaciones, entonces sí, quizá sí, podamos seguir adelante de forma acorde a nuestras posibilidades y, entonces sí, quizá sí, quizá algún día, ser una de esas potencias… y quién sabe, organizar unos Juegos Olímpicos.

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