Matas en la calle y Garzón al banquillo

Posted on 8 abril 2010

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Matas y Garzón

Pues así es como está la Justicia española. Uno sale triunfante y sonriente y otro entra abrumado y desconcertado. Desde el punto de vista estrictamente técnico y jurídico, ¿Garzón ha prevaricado al meterse en camisas de once varas intentando juzgar crímenes del franquismo décadas después de la muerte del dictador? Lo desconozco, no voy a marcarme una de tertuliano todólogo. Pero el sentido común me dice que buscar la justicia, aunque sea tarde, debería ser algo bueno por naturaleza. De nuevo desde el punto de vista estrictamente técnico y jurídico, ¿es correcto que un presunto ladrón esté en la calle? Si ha pagado, parece que está en todo su derecho -dejaremos para otro día por qué un banco avala esto y no un negocio de un autónomo-, pero también de nuevo el sentido común me dice que robar es malo por naturaleza y debe ser castigado.

Bajo a estos niveles de estupidez propia, y como siga así acabaré contando con los dedos, porque últimamente algo falla y ya no sé si es mi cabeza o es que el autobús de la realidad vino con adelanto y lo he perdido. ¿Por qué los políticos nos mienten? ¿Por qué les importa tanto el poder? ¿Se mueve tanto dinero en la política como para estar dispuestos a mancharse las manos? ¿Por qué tanta avaricia? ¿Por qué tan poca humildad para reconocer los errores? ¿Por qué tanto chorizo?

Entiendo que hay puntos de vista más -digámoslo con toda la cautela posible para que las palabras no hieran- conservadores, que creen en la propiedad privada, el liberalismo, el orden moral…; y también puntos de vista más -de nuevo con precaución- progresistas, que creen en la justicia social, el bien público, cierta anarquía… Pues bien, Merkel, Sarkozy, Durao Barroso… son todos dirigentes conservadores, lo que la llamada despectivamente “izquierda” llama despectivamente “derecha”. Y a todos ellos se les reconoce un alto sentido de estado y coherencia, siempre con sus aciertos y errores. También lo fueron aquí Herrero de Miñón, incluso el propio Suárez, dos de los líderes de aquel ejercicio irrepetible de sensatez, perdón y tolerancia que fue la Transición. Pero las piezas con las que nos desayunamos ahora cada día son preocupantes por justo lo contrario: terquedad, rencor y radicalismo. Y así ocurre, que el conservadurismo español, incapaz aún después de 30 años de arrancarse la piel vieja para dejar que respire la nueva, prefiere ver a un juez en el banquillo que a un chorizo en la cárcel.

Creo que ya lo he dicho por aquí alguna vez: nuestra democracia es tan joven que sigue en proceso de construcción. La capacidad de reconocer los errores y de darle la razón al otro no es algo que caracterice precisamente al carácter español, en todos los aspectos de la vida, tanto personal como laboral o corporativo. Y, por supuesto, menos aún en política, donde todos viven acojonados acongojados por perder. Mientras no aprendamos/an que el bien común consiste en ser unas veces primero y otras veces segundo, en acertar y equivocarse para avanzar, y en aceptar que el otro puede aportarme, no conseguiremos una sociedad madura. Y la nuestra no lo esté.

Esta noche me acuesto preocupado.

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Posted in: Actualidad, Política