Luchadores

Posted on 3 noviembre 2010

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“Educación del subnormal”. Las letras negras sobre el lomo blanco de aquel libro vivieron durante muchos años en el desordenado hueco de los papeles que mis padres inventaron en el viejo mueble wengé satinado del salón. Casualidades de la vida, ahora el wengé vuelve a estar de moda.

En 1972, además de aquel interiorismo a caballo entre lo psicodélico y lo hortera, había muy poca información. Eran los niños tontos, los que nacían bobitos. No había asistencia, ayudas, centros especializados, sólo un libro: “Educación del subnormal”. Y unos padres. Muchos padres. Asustados. Aterrorizados. Desesperados. Impotentes. No sabían qué hacer, dónde ir, a quién acudir. No se les caían los anillos para ponerse a pedir unas monedas en las gasolineras jarrita en mano -el niño en la otra- a la voz de “una ayuda para los subnormales”. Si había que visitar a un curandero sacacuartos, se iba, no fuera a ser un mal que se pudiera marchar con cuatro conjuros y media infusión.

Los años pasaban, la vida pasaba. El subnormal se convirtió en deficiente -menudo avance- y después en retrasado. Hoy son discapacitados, mañana no sabemos. Pero afortunadamente hemos progresado en asistencia, infraestructura y medios humanos.

No me gusta especialmente hablar aquí de mis cosas, porque cada familia y cada corazón es un mundo. No me gusta ni pretendo dar pena. Todo lo contrario. Simplemente hoy me apetecía hablar de luchadores porque he estado con ellos, les he mirado a la cara, y sus ojos, sus arrugas, hablan de pelea, de fortaleza, de esperanza, también de miedo, de incertidumbre. Son padres que jamás volvieron a dormir a pierna suelta porque han vivido cada noche desvelados por el futuro de sus hijos. Para ellos mi reconocimiento. Para ellos mi cariño. Papá, mamá, os quiero.

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Posted in: Vida