Maestro Gabilondo

Posted on 4 marzo 2011

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Iñaki Gabilondo me despertó durante años abriendo las ventanas de mi habitación sin tener que abrir los ojos. Si al periodismo todavía se le puede llamar “oficio” es sólo porque profesionales así se han empeñado durante décadas en contarle cosas a la gente para que la gente sepa del mundo que le rodea. Nada más. Y nada menos.

El pasado 2 de marzo estuvo en Radio Nacional presentando el libro ‘El fin de una época’. Posiblemente presentar libros sean las cosas típicas de la edad (tiene 68 años). Pero merece la pena escuchar una entrevista de 30 minutos que resume cinco años de carrera.

Asegura que el periodismo de calidad sigue siendo necesario para “filtrar y contextualizar”. Estoy absolutamente de acuerdo -la brutal cantidad de información que ha destapado Wikileaks sería imposible de digerir sin separar el grano de la paja-, pero no olvidemos que la información no es patrimonio exclusivo de quienes tienen cámaras, micrófonos y papel; la información es de todos: surge, circula, la recibimos, la difundimos, se pierde, se queda en la memoria, se exagera, se manipula… Es deber del periodista contar la verdad porque tiene la ventaja de disponer de herramientas de difusión que no están al alcance de todos. Si las utiliza mal, es decir, contando una historia interesada o no contrastada, caerá en la deslealtad con la profesión y con el receptor de la información y su acción se convertirá en intento de manipulación. Desgraciadamente, esto último ocurre cada día en televisiones, radios, periódicos y webs, e incluso cualquier blog puede llegar a ser más veraz que muchos medios tradicionales.

Continúa Gabilondo haciendo una gran defensa del periodismo tradicional, el que cuenta historias y no cuenta audiencias o dineros. También lanza un mensaje de esperanza para los jóvenes periodistas y se muestra crítico con lo que hacen algunos medios en nombre de la libertad de expresión. “La lógica del gerente se ha impuesto a la lógica de la comunicación”, asevera, frente a lo que propone que los periodistas son “representantes y administradores de un bien social”.

Hasta aquí, de nuevo de acuerdo, pero también es cierto que él habla desde la atalaya (ojo, que más tarde reconoce que tiene la vida resuelta). Por supuesto, el fin en sí mismo es la comunicación; esa es la función social y lo que al final queda (“o te importa la gente o te has equivocado de oficio”). Pero desgraciadamente la comunicación se desenvuelve en un entorno económico de oferta y demanda y en una estructura empresarial en la que el gerente es el que tiene la sartén por el mango. Si no fuese así, no habrían cerrado tantos y tantos medios de comunicación ni habría tantos periodistas en el paro. Por tanto, sólo cuando el plato de comida y el pago de la letra del piso están asegurados es cuando el periodista puede volcarse con toda la pasión en su trabajo. Y también esa es una lucha que no puede perderse de vista, la de la dignidad laboral. Esto vuelve a estar relacionado con algo que he tratado varias veces con amigos: la necesidad de que la universidad cambie de modelo educativo.

En fin, que no le reprocho nada, todo lo contrario, le estoy eternamente agradecido por tantos años de radio, de palabras cercanas y de “temperatura”, de “calentar lo frío y enfriar lo caliente”. Pero él era director de una emisora con 23 años y eso, hoy, es imposible. Por delante del talento están los contactos, los másteres y los intereses. Todavía espero, confío, deseo, que eso cambie no muy tarde.

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Posted in: Comunicación, Radio