15 M (y III): Consecuencias

Posted on 28 mayo 2011

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Podría dejar este post sólo con un interrogante gigante escrito o todo lo contrario, no parar de escribir en días. Así de contradictorias, enigmáticas e impredecibles parecen las consecuencias del movimiento 15M. Afortunadamente existen muchos colores entre el blanco y el negro y tenemos la gran suerte de discutir y expresarnos en libertad.  Por eso lanzo las que para mí son las 5 cuestiones que todo este proceso ha generado y si algunas de ellas tienen respuesta. Por supuesto, y como siempre, abiertas a discusión.

1. ¿Hay democracia real?
Sí, pero con matices. Decíamos en el primer post de la serie que el actual sistema constitucional es el que ha traído mayor prosperidad a nuestro país. Es irreprochable la letra de una constitución como la nuestra, muy avanzada en materia de derechos y libertades, y conviene no olvidar que muchos de nuestros familiares (padres, abuelos) murieron sin poder ejercer un derecho absolutamente básico en cualquier sociedad moderna. Dicho esto, ¿es perfecta? No, rotundamente no. Y también conviene recordarles a quienes se rasgan las vestiduras diciendo que lo de Sol es una pantomima, que tan democrático es votar escrupulosamente cada cuatro años y no volver a participar en ningún tipo de acción ciudadana como salir a la calle y protestar para que las cosas cambien; que tan constitucional es defender a ultranza la llamada Carta Magna como pedir que se modifique y realmente se cumpla (como decíamos, el título I es sistemáticamente pisoteado, y existe un título entero dedicado a cómo reformarla).

Otra cosa es plantearse si la democracia es suficientemente representativa y parece bastante claro que no. Evidentemente 45 millones de españoles no pueden estar reuniéndose día sí y día también para votar y decidir cada uno de los detalles de una ley o una partida presupuestaria. Precisamente para eso elegimos representantes. Pero no es menos cierto que pueden encontrarse formas de participación mucho más activas que la simple excursión al colegio electoral cada cuatro años. Por ejemplo, ya hay ayuntamientos en España que dejan el empleo de parte de su presupuesto a la libre decisión de los ciudadanos, quienes deciden en asambleas vecinales.

Por no olvidar que una vez que el político de turno toma posesión de su cargo, suele apartarse mucho de la realidad ciudadana y de los problemas de la calle. Cautivo de su partido, sigue las directrices que le marca la dirección y no tiene autonomía para criticar a los suyos. No es necesario además volver a recordar las ventajas económicas, fiscales y jurídicas que tienen y en las que muchos se aburguesan.

Otro asunto paralelo es la reforma de la ley electoral, algo en lo que parece coincidir todo el mundo, incluidos los propios partidos políticos. No parece lógico que un voto valga más que otro, pero son las propias formaciones las que se tienen que poner de acuerdo en abrir un melón que de momento no parecen muy dispuestas a catar. No haría falta ni tocar el sistema D’Hont. Sería tan sencillo, por proponer una iniciativa, como ampliar el número de diputados a 400 (artículo 68.1 de la CE), lo que haría que las formaciones minoritarias tuvieran una presentación más pegada a la realidad.

2. ¿El movimiento 15M es de izquierdas?
Democracia Real Ya y todos los grupos afines y simpatizantes del movimiento han intentado desde el inicio desvincularse de cualquier opción política y evitar la dicotomía izquierda-derecha. Pero es inevitable observar que muchas de las reivindicaciones pertenecen más a un ámbito ideológico progresista que conservador. Lo cual no quiere decir necesariamente que sea un movimiento de izquierdas. De hecho, no olvidemos que el actual gobierno que ha gestionado la crisis y ha aplicado los recortes muchos de ellos motivo de las protestas es, al menos por nombre e historia, de izquierdas.

De todas formas, tampoco se entiende que el centro-derecha no haya simpatizado con el proyecto. Muchas de las propuestas, al fin y al cabo, son neutrales y de sentido común: ¿o acaso la ideología conservadora no está de acuerdo en una mayor independencia del poder judicial?; ¿o en un mayor control de las entidades financieras?; ¿o en luchar contra la corrupción?, por poner sólo algunos ejemplos. Otra cosa es que los medios de comunicación conservadores hayan buscado conspiraciones oscuras tras las manifestaciones y las acampadas, y se hayan atrincherado en los clichés y los prejuicios para informar sobre el fenómeno.

3. ¿Tienen sentido las protestas?
Una cosa es si tienen razón o no en forma y fondo. Y eso es discutible. Pero sentido, tienen absolutamente todo el sentido del mundo. De hecho, hemos tardado demasiado en salir a la calle para protestar por unos recortes económicos y sociales consecuencia de una crisis financiera que nosotros no hemos creado. No puede ser que empresas como Telefónica propongan despedir a 8.500 trabajadores justo en su año de mayor beneficio, ni que los altos directivos de empresas tengas bonus de productividad cuando están recortando empleos. Al menos, que nadie, ni político ni medio de comunicación, le quite al ciudadano su legítimo derecho al pataleo contra la situación, contra la gestión y contra el sistema. Hasta bien entrado el siglo XX algunos sectores laborales ni siquiera tenían derecho a algo que hoy damos por norma como es el descanso semanal. Nos ha costado mucho conseguir avances sociales como para que estos sean recortados por especuladores carroñeros.

Cuando las juntas electorales (primero provinciales, después la central) prohibieron las concentraciones en los últimos días de campaña y en la jornada de reflexión, surgían dos opiniones: la ley hay que cumplirla y hay que desalojar; o, por otro lado, hay otra ley que contradice la prohibición y prevalece sobre la primera. Ya dijimos en los posts anteriores que era materialmente imposible vaciar la Puerta de Sol, atestada como estaba de manifestantes, curiosos y el simple transeúnte que gastaba su ocio la noche del viernes por la zona.

Creo firmemente que las leyes están para cumplirlas porque nos tenemos que dar unas normas de convivencia. Pero también creo rotundamente que son instrumentos que, como humanos, son inventados y siempre mejorables, que hemos convenido para nuestro provecho. Como imperfectas, muchas de ellas entran en contradicción y una decisión puntual y temporal no puede socavar un derecho básico.

Además, y en último lugar, como decíamos, qué menos que tener derecho a protestar y a patalear. Los políticos y los medios de comunicación llevaban años creyendo que son dueños de la información y la opinión, y que son los que marcan la agenda de lo que se debe hablar en cafeterías y peluquerías. Y no. Cuando cuatro tertulianos pontifican en sus múltiples apariciones en radios y televisiones, no representan más que a sí mismos. La voz de la gente se escucha en otro dial y todos deberíamos alegrarnos de que surjan movimientos espontáneos y rebeldes que pretendan ser escuchados para despertarnos del letargo en el que nos mantiene sumidos nuestra forma de vida occidental.

4. ¿El 15M influyó en las elecciones?
Podemos concluir que no. Una de las reivindicaciones del 15M consiste en salir del bipartidismo que hemos vivido en los últimos 30 años, la mayor parte de nuestra vida democrática. Sólo en sus primeros tiempos vimos un parlamento con diversidad de colores. Y colores con peso real. La UCD de Suárez gobernaba, mientras PSOE, PC, nacionalistas y la antigua AP se repartían el resto de la tarta con cierta equidad y a no mucha distancia del primer partido. El socialismo de los ochenta y el conservadurismo de los noventa fue arrinconando a los partidos minoritarios y ahora nos encontramos con un parlamento en el que 321 de los 350 escaños los ocupan diputados del PSOE y del PP. Si traducimos los datos a representatividad, esos 321 bancos suponen el 92% del hemiciclo, pero el porcentaje conseguido por ambos partidos en las pasadas generales fue del 84% (ojo, evidentemente muy alto, en unas elecciones especialmente polarizadas con una alta participación -75%-).

En las recientes municipales el resultados se repartió mucho más, como es habitual en comicios locales. Entre ambos partidos sumaron un 65% de los votos, en total 14.750.000 votos. Sigue siendo la mayoría del electorado, pero conviene recordar que votaron casi 23 millones de personas y otros 11,7 millones se quedaron en casa. Con lo cual, la representatividad siempre es relativa.

Si analizamos la incidencia de la iniciativa Nolesvotes, también podemos concluir que no influyó en las elecciones, aunque aritméticamente se cumplieron sus objetivos; sin embargo, su “éxito numérico” no parece que se pueda atribuir a su campaña. Recordemos que pedían que no se votara a PSOE, PP ni CiU, formaciones que votaron a favor de la ley Sinde. Los tres partidos consiguieron un 73,79% de los votos en las municipales de 2007. En 2011 han obtenido un 68,77%. Pero el descenso se debe, evidentemente a la fuerte caída (7%) de los socialistas y la irrupción de dos enormes sorpresas: UPyD y Bildu.

Por tanto, podemos terminar diciendo que como el movimiento 15M no pedía el voto para ninguna formación en concreto, no habría conclusión posible. Pero como uno de sus objetivos es el fin del bipartidismo, en ese punto sí parece claro que la incidencia de las protestas en las urnas parece haber sido mínima.

5. ¿Y ahora qué?
No sabemos durante cuánto tiempo se mantendrán las acampadas en las plazas de las ciudades. Parece algo saludable que la política y el debate hayan salido de los históricos edificios donde vivían secuestrados para volver a su lugar natural: la plaza, el ágora, el centro del pueblo como lugar de intercambio intelectual. Pero si el movimiento se establece permanentemente por tiempo ilimitado no sabemos si ello supondrá una pérdida de  fuerza en los mensajes. También advertíamos del peligro que supone que algunas de las acampadas se estén convirtiendo por una deriva pseudoalternativa en parques temáticos donde se hacen talleres de todo tipo pero no se llega promueven iniciativas reales.

El movimiento vuelve a tomar fuerza este fin de semana impulsado como un resorte por la brutal intervención de la policía en la acampada de la Plaza de Catalunya en Barcelona. Nuevamente los gobernantes han exhibido su apabullante torpeza y han conseguido precisamente el efecto contrario de lo que quizá pretendían. Así que la gente saldrá (saldremos) a la calle de nuevo con más motivos para que las cosas cambien.

Parece que en las concentraciones, después de unos días de cierta pérdida de rumbo, se está trabajando en encauzar ciertas líneas de trabajo que tengan su reflejo en iniciativas por escrito. Los cuatro puntos del consenso de mínimos serían la reforma electoral encaminada a una democracia más representativa, proporcional y participativa; la lucha contra la corrupción y la transparencia política; la separación efectiva de los poderes públicos; y la creación de mecanismos de control ciudadano sobre los políticos. No parece una locura utópica de cuatro trasnochados. También comienza a descentralizarse la actividad, y barrios y pueblos pueden ir tomando el relevo. Si al menos la conciencia crítica cala en todos nosotros y hacemos el esfuerzo de participar más intesamente en la vida organizativa de nuestras ciudades, todo esto habrá merecido la pena.

Hay que recordar que, legalmente, tenemos pocos clavos a los que agarrarnos. La iniciativa legislativa popular, el referéndum y la figura más simbólica que efectiva del defensor del pueblo son algunos de ellos. En cuanto a la primera, son necesarias 500.000 firmas para que una iniciativa llegue al Congreso, que finalmente la trata (y la aprueba o la rechaza) como un proyecto de ley más. El esfuerzo logístico que supone no compensa, puesto que su aprobación no depende en última instancia de los ciudadanos. Si hablamos del referéndum, a día de hoy parece una batalla perdida. ¿En cuántos referendos hemos participado en democracia? Los dos primeros fueron fundamentales (la ley de reforma política y la Constitución), pero después las visitas a las urnas para decidir sobre cuestiones importantes han sido mínimas: la adhesión a la OTAN y la Constitución Europea, un documento simbólico y sin valor. Por último, el defensor del pueblo no deja de ser una figura burocrática que responde con cartas modelo a la avalancha de peticiones que le llegan y cuya voz no se toma en cuenta por las instituciones.

Ante esto, salir a la calle se presenta no sólo como una opción, sino casi como una obligación. Sólo la presión pública y la repercusión internacional pueden hacer cambiar las cosas. Ni qué decir tiene que no se puede contar con unos sindicatos subvencionados y cómplices del mismo sistema. No se trata de darle la vuelta a las leyes, sino de hacer que se cumplan realmente las que tenemos de manera efectiva para que sean sinónimo de bienestar y progreso. Es la hora de la política con mayúsculas. Y la tenemos que protagonizar los ciudadanos. Viva #spanishrevolution.

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Posted in: Política