La fe y la muerte de los símbolos

Posted on 11 septiembre 2011

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Tras un verano sin actividad, recupero algunos temas de los que quería hablar y que me han llamado la atención en las últimas semanas. Empecemos por una cuestión de fe. La fe mueve montañas. Pero también personas, conciencias y dinero. Aunque bien es cierto que las últimas décadas han sido las de una excesiva desacralización de los símbolos, tendríamos que comenzar por aclarar que la fe es un concepto irracional, que se escapa de cualquier explicación científica y sensitiva de las cosas. Si esto está claro, podremos seguir avanzando. También aclaremos que el individuo, solo y aislado, jamás habría sido capaz de desarrollarse hasta alcanzar las cotas de convivencia que ahora tenemos y que a veces incluso parecen en peligro.

Como digo, es cierto que la cultura occidental, con su capitalismo y su hedonismo por bandera, se ha cargado muchos símbolos que tenían un gran significado en muchas comunidades. Ejemplo de simbolismo es EEUU y su idea de patriotismo religioso, que se mantiene imperecedera a pesar del triunfo del individualismo y del ‘sálvese quien pueda’ de los últimos tiempos. Sin embargo, en Europa, quizá a causa de la crisis, es especialmente notable ese desapego hacia la tradición y los símbolos. Es más, suele generar hasta rechazo, por ejemplo, un signo religioso o una bandera. Esa situación está abriendo a gran velocidad una distancia cada vez mayor -y en ocasiones hasta peligrosa- entre los radicacales defensores del individualismo y los enérgicos defensores de las tradiciones. Puede que haya analogías con la diferencia que toda la vida ha habido entre  izquierdas y derechas, pero particularmente creo que ni unos ni otros son representantes de un progresismo y un conservadurismo cívicos.

Enfrentamiento entre peregrinos de la JMJ y manifestantes contra la visita del Papa a Madrid

Enfrentamiento entre peregrinos de la JMJ y manifestantes contra la visita del Papa a Madrid (Foto: La Vanguardia)

Me estoy refiriendo, por explicar con menos teoría y de manera más gráfica, a la preocupante metáfora de la sociedad actual que protagonizaron “peregrinos” de la JMJ y “manifestantes” contrarios a la visita del Papa a finales del pasado mes de agosto. Falta de empatía, ridiculización del que piensa distinto, radicalización de posturas, intransigencia a la hora de considerar que el otro puede tener razón… y de ahí a la violencia no hay más que un paso. Dos conocidos tuiteros contaban, uno en el diario El Mundo, otra en su blog, cómo se desarrollaron los hechos la tarde del miércoles 17 de agosto, en la que coincidieron en la Puerta del Sol de Madrid los dos grupos que mencionaba anteriormente. Ahora el radical pasaré a ser yo, porque considero radicalmente imposible que las cosas sucedieran de manera tan increíblemente diferente.

Como decía al principio, la fe mueve montañas… y pasta, mucha pasta. Me dediqué durante los días de la JMJ a tuitear fragmentos de los evangelios de la Biblia que consideré contrarios al espectáculo de masas que el Vaticano lleva organizando 25 años. La Iglesia Católica lleva siglos dirigiendo conciencias y dando clases de moralidad con un discurso oficial que amendrenta y juzga sobre lo bueno y lo malo, pasándose por debajo de las sotanas los crímenes, las vejaciones, las humillaciones y los apoyos a los regímenes más crueles que han protagonizado su oscura historia. El cristianismo murió cuando la iglesia le dio la mano al poder. Entonces nació una gigantesca maquinaria política y económica que ha encabezado terribles acontecimientos y que todavía hoy domina empresas, medios de comunicación y centros educativos. Mienten cuando mencionan la figura de Jesús, un personaje que llegó para hacer frente al poder establecido y que pasó su vida junto a las gentes más desfavorecidas y peor vistas de su tiempo, precisamente todo lo contrario de lo que aquellos hacen. Mienten cuando mencionan a Dios como argumento de autoridad, porque si de verdad existe un Dios justo, seguro que no le gusta lo que ve. Mienten porque han dado más importancia al propio símbolo que al significado y han convertido al presunto “representante de Dios en la Tierra” (frase muy de madre) en una suerte de pop-star por la que millones de grupis de todo el mundo están dispuestos a cruzar el planeta. Mienten porque han radicalizado una creencia y la han convertido en una secta fanática.

Pero como también decía, vivimos tiempos de excesivo individualismo. Determinados movimientos autodenominados progresistas se han arrogado una nueva representatividad que no les corresponde y caen en los mismos errores de aquello que critican. Deslegitiman poderes y leyes que, nos guste o no, son legítimos. Viven en un permanente estado de enfado e incoformismo con la realidad pero son incapaces de tomar iniciativas auténticamente valientes para cambiar desde dentro el sistema que tanto rechazan. Y, lo peor de todo, tienden cada vez más hacia una línea de pensamiento único que descarta al que piensa distinto. Estos movimientos (sí, el heterogéneo 15-M entre ellos, pero no el único) en muchos casos no son capaces de distinguir el grano de la paja. Y en este sentido, por ejemplo, nada tiene que ver el catolicismo con el cristianismo. Conviene recordar la imprescindible labor de base que realizan cientos, miles de parroquias en barrios humildes, labor no precisamente evangelizadora, sino social, laboral e inclusiva, para completar precisamente algunos de los pilares del llamado estado del bienestar a los que las administraciones públicas no podrían atender al cien por cien.

Por eso, frente al radicalismo, tolerancia; frente al ruido, armonía. Es momento de encontrar puntos de encuentro, por muy distintas que sean las creencias. Porque, por encima de todas ellas, sean religiosas o políticas, está la ley que nos hemos dado y que debemos esforzarnos en mejorar. Por muy adocenado que nos parezca el tipo que cree en Dios, es absolutamente respetable; por muy idealista que nos parezca el tipo que se manifiesta pidiendo otra democracia, es absolutamente respetable. Lo más curioso es que al final, la mayoría de ellos está hablando de lo mismo, de valores humanos, de igualdad, de justicia social. Los caminos son distintos, ninguno mejor que el otro. El destino es igual: una sociedad mejor.

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