Los periodistas escriben mal

Posted on 25 octubre 2011

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Ya en algunos posts anteriores hemos hablado directa o indirectamente sobre la importancia del contenido. La famosa frase “The content is a king” (“El contenido es el rey”) tiene hoy más vigencia que nunca, a pesar de los enormes cambios que se han producido en los soportes. Ya es habitual encontrar tuits que dicen “mañana leeré en el periódico en papel lo que ya he leído hoy en los medios digitales y de lo que me enteré ayer en Twitter”. Ese es motivo para otro debate, pero lo que me interesa destacar ahora es que, independientemente del soporte, si el contenido es lo más importante, es lo que más hay que cuidar. Y últimamente no ocurre así.

Prisas, prisas, prisas… la locura del “ser los primeros en darlo” ha provocado no pocos errores de bulto a la hora de cuantificar muertos o heridos en un suceso o incluso a la hora de enterrar a personajes. Pero no sólo está habiendo problemas con la gestión de la materia informativa en sí misma, sino con la raíz, con la base misma, es decir, con las palabras.

A la vuelta de agosto, Milagros Pérez Oliva, la defensora del lector de El País advertía precisamente sobre ello en un artículo demoledor que dejaba por los suelos al que durante muchos años fue el templo y referente del periodismo español. Algo falla cuando en este medio aparecen titulares y frases como “No preveemos recortes masivos de empleo público”, “…han llevado en 4 días ha practicar 768 detenciones”, “a elegido usted”, “también hacabó el día en rojo el español Ibex 35″, y así un largo etcétera. En el artículo se menciona que, efectivamente, hay una cadena de fallos que nadie fue capaz de detener en ninguno de esos casos, en primer lugar por error del redactor y, sucesivamente, por errores en el proceso de corrección.

Las erratas existen, claro que sí. En los diarios, en las revistas semanales / mensuales, incluso en los libros. Pero una cosa son erratas, que todos cometemos, y otra mucho más grave son faltas de ortografía, gramaticales, sintácticas y de conjugación. Como sugería Pérez Oliva, “todo apunta a que hay un problema de exigencia individual, un problema de supervisión y también un problema de formación”. Sugerencia que, por cierto, la redacción del diario se tomó muy mal, puesto que el comité de empresa respondió que “achacar los errores a la falta de exigencia individual y de formación supone un ataque al honor profesional de la redacción” (traduzco: no le toquen el ego al plumilla). En el artículo de la semana posterior se justificaba el numero de errores debido a que “las decisiones empresariales que se han tomado en los últimos años han desembocado en una falta de medios para garantizar la calidad del producto (por ejemplo, los correctores prácticamente han desaparecido) y a que los redactores soportan cada vez mayor carga de trabajo”.

Seguramente esto último sea cierto. La avalancha de información es cada vez mayor y las empresas (los medios no son una excepción) andan inmersas en eso de producir más con menos recursos. Pero no es excusa. El problema está en la base, en la formación. Y si hay centros educativos (en general, aunque fundamentalmente privados) que “facilitan” el acceso a títulos sin el necesario grado de exigencia, los frutos podridos aparecen después, en el mercado laboral. Y lo mismo ocurre con los famosos másteres. Tener un máster de 12.000 euros sólo indica una cosa: que se tienen 12.000 euros. Pero no significa automáticamente la excelencia.

Echando un fugaz vistazo a algunos medios entre domingo y lunes, me he encontrado con otros errores que podrían perfectamente entrar en esta galería de los horrores que hemos mencionado. El primero, ese pedazo de titular que dice “¡¡Adios, Simoncelli!!”. En primer lugar, la tilde. Sin más comentarios. En segundo lugar, la propia construcción del titular. Acaba de morir un deportista y se le dice “adios” con dobles exclamaciones, como si la cosa tuviese un punto de júbilo. Aquí, más que falta de formación, percibo falta de inteligencia.

En segundo lugar, y en el mismo medio, nos encontramos otro de los grandes sufrimientos de los periodistas: el estilo directo y el indirecto. En el ejemplo, no parece que el redactor tenga problemas en ese sentido; está utilizando claramente el estilo directo. Eso sí, tan tan directo que se olvidó de las comillas. Buscando un paralelismo, es como el tipo de conductor que jamás usa los intermitentes. Venían de serie en el coche, pero él no los pidió. Pues eso.

En tercer lugar, un ejemplo precisamente de El País, perteneciente al módulo de última hora que el diario implantó en la parte superior derecha de su home desde el regreso de Gumersindo Lafuente. Que se te escape una tilde, puede pasar como errata. Que se te escapen tres ya es sospechoso, y más si se trata de una aguda acabada en vocal (“viajara“) y de una esdrújula que de hecho aparece dos veces en una frase de apenas 25 palabras (“Principe“).

Ya acabo con mis ejemplos. Vamos con un texto de EFE. Dando como válido que la forma llana del nombre Sahara también es correcta (aunque dudo de que esa fuera la intención del redactor), el titular parece el comienzo de un chiste (“dos cooperantes españoles y un italiano“). Al utilizar el artículo indeterminado un delante del adjetivo, italiano se convierte en ese caso en sustantivo, de modo que da la sensación de que el secuestrado es un italiano cualquiera que pasaba por allí. Lo correcto habría sido utilizar uno en su forma de pronombre que sirve para evitar la repetición del sustantivo, es decir: “Secuestrados en el Sahara dos cooperantes españoles y uno italiano”. En cuanto al titular, no entraremos en más detalles, como el orden sintáctico, pero sí lo vamos a hacer en la última frase: “…según informaron hoy a Efe en el lugar de los hechos sus compañeros“. Esta frase es un completo despropósito y una alteración total del orden normal de construcción del lenguaje en español. Los periodistas tienden cada vez más a usar formas pasivas (perversión de influencias anglosajonas) y a cambiar el orden de las frases sin ton ni son. Como repite cientos de veces Álex Grijelmo en ‘El estilo del periodista’ , cada idioma tiene su propio genio, y muchas veces nos complicamos la vida sin necesidad. En la gramática española, el orden de la frase es muy sencillo: nombre + verbo + complementos. Bueno, pues en este ejemplo el orden es verbo + complementos + nombre; es decir, el mundo al revés. Y, para más inri, al tratarse de una información de agencia, todos lo medios que la reprodujeron después repitieron en cascada los mismos fallos.

Hasta aquí, cuatro simples ejemplos. Pero os recomiendo que os deis una vuelta por cualquier diario deportivo para comprobar las dificultades que tienen los redactores con el uso del estilo indirecto o, más sencillo aún, que estéis atentos a las cuentas de Twitter de multitud de periodistas que dan lecciones de todo y dogmatizan sobre cualquier asunto y, sin embargo, no son capaces de utilizar tildes o comas que hagan inteligible su discurso.

El periodista no es un lingüista ni está obligado a serlo. Cuenta además con una serie de condicionantes que dificultan su labor, como la presión de la inmediatez y la diferenciación de la competencia. A veces intentará salirse de la ortodoxia para buscar el énfasis. Pero cuando no domina los conceptos básicos de su herramienta de trabajo (las palabras), es como si el albañil construyera un muro sin conocer cómo son los ladrillos y cómo encajan unos con otros. Al final, la pared se cae.

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Posted in: Comunicación