Democracia de grada

Posted on 26 marzo 2012

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La democracia, deporte olímpicoEn el fútbol hay varios tipos de aficionados, pero se podrían agrupar en dos grandes grupos: están los fieles apasionados que siguen unos colores, que sólo disfrutan si gana su equipo y para los que una derrota supone un cabreo de dimensiones descomunales; por otro lado, están aquellos que, teniendo claras sus preferencias, disfrutan del deporte en sí mismo, del juego y la emoción y, si pierden, piensan que no se acaba el mundo y que el fútbol es así.

La radiografía es completamente trasladable a la política. Últimamente surgen cada vez más hooligans de equipos-partidos a los que nos les gusta perder ni un pelo. Y como en el fútbol, pueden convertirse a la larga en aficionados violentos. Y eso es muy peligroso.

El pasado domingo se celebraron elecciones autonómicas en Andalucía y Asturias, dos regiones en muchos aspectos diametralmente opuestas, ya incluso geográficamente. Pero en ambas aparecieron, calcados como dos gotas de agua, esos tics que son tan propios del politiqueo. “Hemos ganado”, decían unos y otros, y cada uno lo vendía de manera que el mensaje maquillara las miserias propias.

Una vez más los partidos vuelven a caer en el mismo error: desprecian la inteligencia del votante. Intercambian papeles y frases que en un sitio le valen a uno y en otro sitio le valen a otro. Esa incoherencia les lleva al mayor de los ridículos una y otra vez, pensando que al ciudadano sólo le importa lo que ocurre en 300 metros a la redonda. Afortunadamente no es así, y los votantes miran más allá de sus narices, perciben esa hipocresía, y quitan y dan, haciendo justicia con la única (insuficiente, ya hemos hablado de ello en otros posts) arma que les queda: su papeleta. De hecho, su inteligencia supera tanto las expectativas de los políticos que muchos de ellos (un 32% en Andalucía y un 45% en Asturias) directamente les dan la espalda y se quedan en casa.

Especialmente en el caso andaluz fue curioso observar cómo, no ya los dirigentes del partido que se veía como ganador, sino sus más vehementes seguidores, mostraron un furibundo malestar ante unos resultados sorprendentes y que, por supuesto, no les obsequiaban con la victoria esperada. No ilustraré el post con ejemplos, no hay más que echar un vistazo a Twitter, pero algunos tuits fueron especialmente exaltados, radicales y diría que hasta delictivos. No sólo publicados por usuarios “normales”, sino por algún que otro presunto periodista que no fue a clase el día que explicaron aquello de la objetividad (otro día hablamos del campo de batalla en que se ha convertido la red social).

No digo que uno no se pueda lamentar porque las cosas no salen como uno espera. Por supuesto que todos tenemos derecho al pataleo. Ya hemos hablado de que precisamente la ley electoral es injusta y que, en la medida de lo posible, se debería favorecer que la lista más votada fuese la encargada en primera instancia de formar gobierno. Pero las leyes que tenemos son las que son y todos deberíamos esforzarnos mucho más en aceptar deportivamente los resultados de unas elecciones, por poca participación que haya. Mucha gente se puede preguntar cómo en determinado lugar se sigue votando mayoritariamente a una opción en concreto, cuando lleva años dando muestras de poca eficacia y de una gestión completamente alejada del ciudadano y más enfocada al bolsillo propio. Pero, con todo lo bueno y lo malo que eso tiene, el pueblo elige. Y es que la democracia no puede convertirse en un juego, porque es una cosa muy seria. Mucho más que un partido de fútbol.

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