Deuda: te odio

Posted on 23 mayo 2012

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Hará más de diez años de aquello. Mis días de voluntariado le regalaron a mi rinoconjuntivitis una hermosa y primaveral tarde de domingo, mientras me quedaba sin saliva pidiendo durante horas a todo el que pasaba por la puerta del parque que firmara por la abolición de la deuda externa. Eran tiempos en los que había que explicar los tres conceptos: perdón, dinero y pobreza. La gente sabía que había países pobres. Pero les sorprendía que, además de pobres, encima debiesen dinero. Y lo que no les cuadraba era eso de que a alguien le ahogasen tanto las deudas como para necesitar una condonación. Entonces éramos los de las clases medias, los del milagro europeo, donde el albañil ganaba como tres ingenieros y dábamos lecciones de crecimiento.

Oh, malditos giros del destino, hoy somos nosotros quienes casi nos vemos abocados a pedir el perdón de la deuda. Hasta las cejas como estamos de ella (debemos más de tres veces lo que producimos), no es que de repente seamos Tercer Mundo, pero sí estamos experimentando situaciones sin precedentes para las dos últimas generaciones. El pasado domingo otro brillante programa de Jordi Évole nos mostraba lo que se ve desde lo alto del precipicio. Y no son las majestuosas ruinas atenienses, sino la decadencia más absoluta de una sociedad, la griega, empobrecida a base de mala gestión política y derroche económico. La consecuencia: una deuda imposible de pagar.

Deuda, te odio
El crecimiento basado en deuda se ha convertido en el yugo que mantiene esclavizados a los países de la llamada “segunda velocidad” europea. Portugal, Grecia, Irlanda… España. Crecimientos irreales, que más tenían que ver con la coyuntura de una burbuja interna que con un desarrollo verdadero hacia la modernidad. En el programa se explica, y en cualquier fuente se puede encontrar ingente información sobre cómo se generó dicha deuda, aunque básicamente el resumen es el anterior. Sin embargo, se mencionó un concepto curioso, en general poco conocido: la llamada “deuda odiosa”. ¿Qué es?

La “deuda odiosa” es una teoría económico-legal perteneciente al Derecho internacional que sostiene que la deuda de un país contraída, creada y utilizada contra los intereses de los ciudadanos, no tiene por qué ser pagada si los prestatarios han actuado de mala fe a sabiendas. O explicado de una manera más práctica, si un banco le presta dinero a un gobierno sabiendo que ese dinero no va a recibir un buen uso o que los ciudadanos pueden verse perjudicados por la mala gestión de esos fondos, posteriores gobiernos quedarían liberados del pago de esa deuda. De alguna manera la responsabilidad subsidiaria de un Estado y sus ciudadanos quedaría sustituida por la responsabilidad individual del gobierno de turno.

Esto, que podría parecer hasta cierto punto de sentido común, por otro lado también podría cambiar diametralmente las relaciones económicas y de poder en el orden mundial. Por tanto, no parece fácil su aplicación. Pero lo cierto es que ha sido una práctica recurrente en algunos momentos históricos. Aunque no han tenido suficiente publicidad por razones variopintas.

Por ejemplo, en 1898, cuando EEUU arrebató Cuba a la también entonces decadente España, la isla quedó bajo el protectorado norteamericano. El gobierno español reclamó el pago de la deuda cubana, pero EEUU argumentó la teoría de la deuda odiosa basándose en que el déficit había surgido sin el consentimiento del pueblo y en que de hecho se había empleado para reprimir el movimiento de liberación popular. Finalmente Madrid tuvo que claudicar y aceptar el argumento.

Más recientemente, Irak recibió el perdón del 80% de su deuda externa en 2003, poco antes de la invasión estadounidense. Evidentemente, en este caso el recurso al argumento de la deuda odiosa era claramente interesado, puesto que EEUU no quería gestionar un país con una elevada deuda tras su entrada en el territorio.

Y así con otros episodios históricos entre medias, ejemplos más claros como Haití o Túnez, donde los gobernantes habían generado una deuda brutal sobre sus súbditos a base de malversación y corrupción. Hasta a Alemania -oh, otra vez caprichoso destino- se le perdonó parte de su deuda externa después de la Segunda Guerra Mundial. De hecho, algunos colectivos ya han sugerido que los planes de rescate de la Unión Europea destinados a sanear las cuentas de Irlanda, Grecia y Portugal sean declarados como deuda odiosa, basándose en que van a generar todavía mayor déficit, que se concretará en más y más duras medidas de austeridad que recaerán sobre la población.

¿Nos pueden perdonar la deuda?
Como vemos, la llamada deuda odiosa no es una teoría aplicable de manera homogénea, sino que cada caso presenta sus peculiaridades. En el caso español, ¿podríamos hablar de deuda odiosa? Por un lado, parece que en nuestra situación la culpa se debería repartir. Los ciudadanos y las empresas pidieron dinero; los bancos lo concedieron con demasiada alegría, de manera que ellos mismos pidieron dinero a otros bancos para hacer frente a la fuerte demanda; y esta dinámica fue permitida e incluso alentada por los gobiernos (popular y socialista), que hasta presumieron de modelo. Por tanto, todos tienen su grado de culpa, pero puesto todo ello en una balanza, ¿quién es más culpable: quien pide a sabiendas de que se endeuda o quien da a sabiendas de que la deuda puede ser de larga y costosa recuperación? ¿O más bien quien consiente la burbuja? Este lunes leíamos que un bebé que nazca hoy mismo en España ya tendrá contraída una deuda de 15.000 euros.

La senda en cualquier caso la debería marcar el cumplimiento de la ley. Si le dejo dinero a deber a quien me lo presta, parece lógico que satisfaga esa deuda en cuanto sea posible. Y si la deuda se alarga en el tiempo, también parece lógico compensar al prestamista por las molestias que le causo por que él no pueda disponer de ese dinero mientras me lo presta a mí (los intereses). Sin embargo, algunos de esos intereses pasan de ser legítimos a convertirse en usura cuando hay un evidente ánimo de avaricia que no persigue más fin en sí mismo que el mantenimiento infinito de la deuda. Y algo de eso, sin mayores conocimientos de macroeconomía, es lo que parece haber en la relación de España con sus acreedores. Si no, no se explica que, tras los brutales recortes que los ciudadanos llevan sufriendo los dos últimos años -reducción de salarios, congelación de pensiones, subida del IVA, subida del IRPF, una reforma laboral que tira por la borda años de conquistas laborales, despidos de personal público, recortes en sanidad y educación, aumento de tarifas educativas y energéticas-, nuestro país siga financiándose a un exorbitante 6% de interés.

Crecimiento y austeridad: ¿son compatibles?
Algo falla, pues, en la teoría impuesta por Alemania y el núcleo duro de la UE que instala la austeridad en un altar sagrado como tótem al que adorar para sanear la economía. Parece nuevamente de sentido común la frase “no podemos gastar más de lo que tenemos”. Correcto. Pero el problema -y grave- surge cuando cada vez se tiene y se genera menos. A menor producción, menor gasto. Y a menor gasto, menor activación económica, menos trabajo y menos consumo. Y así podríamos enrocarnos en una espiral sin fin.

Que a nadie se le ocurra sugerir dentro de uno, dos, tres años, cuando entonces haya crecimiento económico (previsto, deseable), que la bonanza es fruto de las políticas de ajuste de ahora, porque sencillamente será una falacia. Cuando la cesta quede vacía por completo, será evidente que brotará el crecimiento, por pequeño que sea, aunque no por sí mismo, sino porque habremos tocado fondo.

Muchos miran a EEUU en estos tiempos como polo opuesto a la política de ajuste europea. Tampoco parece precisamente el mejor ejemplo. Es el país más endeudado del mundo, con un acumulado de unos 14 billones de dólares en 2011. De hecho, EEUU debe a España 170.000 millones de euros. Por nuestro parte, el problema español no es tanto la cantidad de la deuda, sino la capacidad de pago. Por ejemplo, el producto interior bruto de EEUU es equivalente a su deuda; España sólo genera 1,3 billones de dólares, mientras que debe el triple. Pero Washington al menos ha tomado medidas para que la austeridad no genere parálisis, que es lo que está ocurriendo aquí. Nacionalizó bancos con una potentísima inyección de dinero -sí, nos podemos poner todo lo románticos que queramos, pero es necesario- y ha impulsado el gasto público, en una especie de “Plan-E” (tan criticado aquí) a la americana. Los resultados: la deuda continúa, pero en niveles controlados, y la economía y el consumo siguen creciendo con ratios moderadas.

Hay más de una receta, sin duda. Pero en todo caso la mezcla de ingredientes debería dar como resultado un sistema equilibrado y justo que buscase el mayor crecimiento posible, protegiendo siempre a los más desfavorecidos y mejorando el estado del bienestar . Y no parece que tendamos a ello, sino a todo lo contrario: a brechas económicas y sociales cada vez mayores. Las voces liberales radicales insisten en esta senda. Ya puestos, y llevando sus teorías al extremo, cambiemos de modelo con todas las consecuencias. Que el Estado no cobre impuestos y que cada perro se lama sus pulgas batiéndose el cobre con sanidad, educación o transporte privados. Pero, por mucho que se empeñen, no es el modelo adecuado. Alguien tendría que supervisar las relaciones entre clientes y prestadores de servicios. ¿La justicia, que también sería privada? No tiene sentido. Todo ello supondría la desaparición del concepto “Estado”. Y si para algo ha servido ese “invento” en los dos últimos siglos es para ofrecer al ciudadano una sensación de pertenencia y de cohesión interna, además de un sistema económico razonable basado en la solidaridad intergeneracional e interterritorial.

A modo de conclusión, y volviendo al primer concepto que atacábamos, no parece aplicable la teoría de la “deuda odiosa” en el caso de las economías europeas en peligro. Aunque motivos no faltan (la pésima gestión política, el frágil sistema financiero y bancario, y los dudosos resultados de los planes de rescate), parece que los países endeudados deberán asumir su responsabilidad al 100%. Sin embargo, empieza a ser extremadamente urgente una revisión de los mecanismos de reintegro de la deuda y de ajuste presupuestario. Hay que dejar de lado la tibieza y revisar profunda y urgentemente la política fiscal (perseguir el fraude, en vez de premiarlo, poner límites a la especulación, arreglar definitivamente la banca y gravar grandes fortunas y transacciones). En el caso de España, un país de 45 millones de habitantes no podrá soportar durante mucho más tiempo un desempleo del 25%, si las administraciones nacionales y comunitarias no quieren que estallen, quién sabe, verdaderas “primaveras” que podrían dejar a las caceroladas en juegos de niños.

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